Su origen se ubica en las grandes cocinas de los conventos poblanos de la Colonia, en donde se agasajaba frecuentemente a las grandes personalidades civiles y religiosas del Virreinato.
Una vez creado, cada región imprimió en el mole su sello propio y así fueron surgiendo el mole poblano, el mole negro de Oaxaca, el mole amarillito del sureste, el mole coloradito del Valle de México, el ranchero de la Altiplanicie y otros muchos que asombran a cuantos turistas los degustan.
Disfrutar de la gastronomía mexicana implica degustar un platillo de Mole en cualquiera de sus variedades.