En México, la imagen de la Virgen de Guadalupe está presente en todas partes: en las casas, los comercios, los restaurantes, los bares, las cafeterías, los lugares de trabajo e incluso en sitios tan sorprendentes como en los autobuses, los camiones y los taxis. El 12 de diciembre, decenas de miles de penitentes peregrinan desde todos los puntos del país hasta la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, situada al norte de la ciudad, para celebrar el aniversario de su aparición, ocurrida en el siglo XVI. Cuando la preciosa basílica del siglo XVIII, realizada entre 1695 y 1709, se quedo demasiado pequeña para dar cabida a la ingente multitud de feligreses (además estaba empezando a escorarse de un modo peligroso y a hundirse en el suelo de manera notable), se construyo junto a ella una nueva, en la espaciosa Plaza de las Américas. Diseñada por el gran arquitecto mexicano Pedro Ramírez Vásquez (responsable así mismo del aclamado Museo de Antropología), la colosal basílica de cemento acero y madera se concluyo en 1976. En el interior de este imponente edificio de planta circular abierta caben ahora 10.000 fieles.
Aunque casi siempre se está oficiando alguna misa, la gente no cesa de entrar y salir constantemente, admirando las vidrieras, las escalinatas de mármol, las lámparas de araña modernas y el techo acanalado de lustrosa madera. Una lenta escalera mecánica pasa junto a la venerada imagen de la Virgen, situada en lo alto de uno de los muros, detrás del altar mayor, en un lugar bien visible, transportando una fila interminables de devotos feligreses.
La viaje iglesia funciona ahora como museo, con una buena colección de pinturas coloniales. Detrás de la basílica, un camino en cuesta bordea la iglesia del Cerrito y desemboca en la pequeña capilla del Pocito, de estructura redonda y con un pozo, que fue construida por el arquitecto Guerrero y Torres en el siglo XVIII. Enfrente, una hilera de tiendas y puestos venden imágenes religiosas, incienso, comida, juguetes y billetes de lotería.