César Domínguez sostuvo que los daños a la Reserva serían de tres tipos: ecológicos, por la deforestación, pérdida de servicios ambientales e impacto en el funcionamiento y estructura del ecosistema, y especies asociadas, sobre todo las endémicas y en riesgo; sociales, por el crecimiento poblacional que provocarán con sus consecuentes presiones colectivas y ambientales y en especial por la demanda de agua; y de salud, por el incremento de residuos sólidos al no existir rellenos sanitarios adecuados.
Además, agregó, la autorización de los proyectos es cuestionable, tanto por las inconsistencias de los procedimientos seguidos, como por las violaciones a la normatividad ambiental. Un análisis minucioso de las MIA establece que dichos estudios no contemplan los impactos sobre flora y fauna por lo que posteriormente fallan en determinar acciones precisas para aminorar tales daños y las medidas de mitigación necesarias.
Sus más de 13 mil hectáreas están en condiciones excelentes.
Por esa situación ha recibido múltiples reconocimientos a lo largo de su existencia, que se remonta a 1993, cuando se le denominó Reserva de la Biosfera, y ha sido denominada como región Hidrológica y Marina Prioritaria por la Comisión Nacional de Biodiversidad; y área de importancia para la Conservación de Aves, por la Comisión de Cooperación Ambiental para América del Norte, entre otras.
Jorge Vega Rivera aseveró que físicamente los desarrollos turísticos no están dentro de la Reserva, pero lo que ocurra al interior de ella impactará la región y viceversa. No se puede hablar de que por no estar en la Reserva sean independientes, van a tener un efecto negativo.Fuente: milenio.com