Los Carnavales de Mérida – Campeche – México

Los Carnavales de Mérida – Campeche – México

En el Patronato de Pro-historia Peninsular encontré un folleto escrito por el que fuera cronista de la ciudad, el estimable Sr. Renán Irigoyen.
En él narra cómo eran, en los siglos XVIII, XIX y en el primer cuarto del siglo XX, los carnavavales de Mérida. De este pequeño opúsculo extracté, estimable lector, algunos datos históricos sobre las festividades que se avecinan.
La amalgama de dos razas importantes aportó a los carnavales de Mérida matices ingenuos y especiales. Lo mismo sucedió con la trova y otras formas de expresión de este pueblo tan singular.
Los moradores de la ciudad de Mérida, ciudad capital de la provincia en los comienzos de la etapa colonial, llevaban una existencia apacible que, al igual que muchas ciudades de la república, se movía cuando se trataba del rey, de un obispo, del nacimiento de un príncipe o en alguna solemnidad religiosa. Se divertían con corridas de toros, mascaradas y misas solemnes en las fiestas del santo patrono.
Don Luis Céspedes de Oviedo introdujo en la sociedad de fines del siglo XVI los bailes, saraos, convites y fiestas de máscaras, causando indignación entre las personas “de buenas costumbres” que consideraban que esto era precursor de futuras deshonestidades.
Algunos historiadores sugieren que fue el gobernador don Guillén de las Casas quien, entre 1578 y 1582, inició, en la Mérida de los Montejo, las fiestas carnestolendas para que, antes de la abstinencia severa de la cuaresma, la gente tuviera una forma alegre de expansión.
En el siglo XVIII, el domingo y martes de carnaval eran celebrados con gran pompa en la alameda que el gobierno de Lucas de Gálvez construyó. Eran fiestas en las que participaba la gente adinerada ante la expectación curiosa del pueblo, en su mayoría indígena. La clase media poco a poco fue incorporándose a estas festividades, que tuvieron resonancia mundial por su elegancia y originalidad.
A partir de la independencia de nuestro país del coloniaje español el carnaval yucatanense fue decayendo hasta convertirse en la fiesta actual. Con la llegada de la imprenta y el auge de la palabra escrita hay la constancia de que los escritores hablaron sobre la decadencia en que iba cayendo ésta celebración.
Los carnavales a mediados del siglo IX duraban tres días; posteriormente se ampliaron a cinco y para cerrar el ciclo, había la costumbre del “entierro” de Juan Carnaval, algo que casi ha desaparecido en la actualidad.
Con el auge henequenero el apogeo de estas fiestas regresa a Mérida.
A finales del siglo XIX Mérida no tenía nomenclatura alguna y se orientaba a la gente por los nombres de la esquinas que llevaban títulos simpáticos como El porro, Los dos toros, La perdiz, El tigre, La cruz verde, El moro, La culebra. Estas esquinas eran el paso para los desfiles que se iniciaban en la sociedad “La unión”. En el bando había jinetes, calesas, carretas, bolanes, diligencias y hasta carretillas con personas disfrazadas con elegancia y buen gusto, que derrochaban dinero para sobresalir y divertirse. Tiraban flores y perfumes a la gente que contemplaba el espectáculo.
La preparación era desde el mes de enero, en residencias particulares. Las casas europeas que comerciaban con artículos de moda realizaban magníficas ventas en estos días. Los bailes eran de gran suntuosidad en ingenio, lujo, animación y alegría. En 1908 el comentario periodístico fue que no había en América nada semejante, fuera de las fiestas análogas de Nueva Orleáns.
Las sociedades La Lonja Meridana, El Liceo y La Unión fueron, en el tiempo que les correspondía, las que le dieron más realce al carnaval meridano. Fue el Liceo de Mérida el que organizó por primera vez, a finales del siglo XIX, el paseo del viernes bautizado con el ¿ nombre de “corso” o paseo de fuego”.
Un cronista desconocido escribió que “los bailes de carnaval no eran para ser descritos, sino para ser vistos por los amplísimos salones rica y elegantemente decorados, donde la luz de las lámparas de cristal se reflejaban en lunas donde alternaban flores, gasas y brillante explosión de colores y aromas. Cuatrocientas y quinientas parejas de baile son para estos salones concurrencia ordinaria en tales fiestas”.
Las comparsas de mediados del siglo XIX escogían, para cantar y bailar, selecciones de óperas y también obras del género grande español. Durante los días festivos recorrían las calles estudiantinas y comparsas cantando y bailando ritmos en los que la influencia cubana era notoria.
La influencia de la industria henequenera se hizo sentir hasta en los carnavales. Los precios más altos de la fibra, así como el mayor volumen de producción de pacas, se registran de 1889 a 1926. En este lapso, de 35 años, fue cuando tuvieron su máximo esplendor las fiestas carnestolendas de nuestro estado.
El entusiasmo por los carnavales ha decaído al unísono que nuestra moneda. Se ha descontinuado la tradición de fiestas de gran boato y la animación ha menguado comparada con los años de esplendor. Signo de los tiempos. La necesidad de una diversión popular es auténtica, aunque todos sabemos que, en realidad, los carnavales se prestan a desmanes que en otra época del año no sucederán.
El acervo que la familia de don Renán Irigoyen puso en las manos de Pro-hipen ha empezado a dar frutos. Esperamos que la ciudadanía, y en especial los jóvenes, no olviden a los que nos precedieron en el tiempo, entregándonos su esfuerzo y su legado histórico.- M.D.R.- Mérida, Yucatán, febrero de 2000.
Por: Margarita Díaz Rubio

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